jueves, 29 de enero de 2009

HoyPiliha... partido el extractor


HoyPiliha... partido el extractor de la cocina.

Pili, esa chica calmada que parece que no ha roto un plato en su vida, al menos adrede. Pili, esa chica de voz suave, que parece que hablen los ángeles, que parece que silven los árboles... Pili, la sosegada; Pili, la calma en el bullicio, la instantanea del movimiento, ladrona de nervisismos y desesperante en las prisas... Pili, que para trenes porque detiene el tiempo...

Pero no es oro todo lo que reluce, incluso Pili puede tener un día malo. Tras venir del trabajo, estresada por los recados de la jornada, Pili puede alcanzar un estado de tensión. Llega a la cocina, suelta unas siete bolsas de Mercadona sin orden ni concierto sobre una encimera llena de las "cosas de antes de ayer", que tiene que empujar hacia la pared. Mira las bolsas, como pensando dónde ira cada cosa, qué será para el frigorífico y qué para el baño, decide dejar para después el colocar, y se dispone a cocinar.

Cuando Pili cocina es cómo si todas las freidurías de la Costa del Sol se pusieran a resoplar sus humos grasientos en un recinto de 4 metros cuadrados. El olor se pega a la ropa, a las paredes, sale al pasillo, persigue al visitante e impregna los poros de la piel hasta que las células mueran y resuciten en una de esas ocasiones con las que tan cansino se pone Punset. Cuando uno sale de la cocina es como si hubiera estado bebiendo cañas hasta reventar en Lauticia y llevara ya de por vida ese olor característico por el que tu madre te dice al llegar a casa: "Vienes de Lauticia, eh"

Y en este ambiente del aceite, de la grasa, del colesterol y de los congelados, Pili se enerva y hace que, coger un cuchillo para cortar algo, sea una actividad de alto riesgo para los que la sufrimos y disfrutamos. Es capaz de coger la madera para cortar los alimentos y soltarla tan ferozmente sobre la encimera que un cromo diría !Ay! Y un jamón se haría chulla na' más que del susto.

Cuando Pili acabó de cocinar, un deslenguado le recordó que debía cerrar el extractor. ¡En qué momento! Como los de matrix levitando por segundos, con las cejas más arqueadas que ZP delante de un obispo, con los dientes apretados a lo Bruce Lee, el plato de croquetas en la mano izquierda y la derecha libre para ejecutar al extractor; Pili le soltó un sopapo a mano abierta y partió el extractor por la mitad.

No le dije nada, preferí conservar la cara y, Pili, resuelta, se marchó ya sin nervios hacia el salón, a disfrutar de sus croquetas.

martes, 20 de enero de 2009

HoyPiliha... caído a una trinchera


HoyPiliha... caído a una trinchera...

Muchos dicen que las ocurrencias de este blog son de los que escribimos, cuando las ocurrencias no son más que de lo único que se pretende narrar: la vida de Pili.

Y la verdad es que, echando un vistazo rápido a los post del blog, uno puede pensar que todo está lleno de imaginación, de pensamientos en días de aburrimiento e, incluso, de mala leche. Pero nada más lejos de nuestra intención que narrar una vida singular, llena de alegría y de originalidad.

Pues sí, hoy Pili se ha caído a una trinchera, y os podemos asegurar que era una trinchera como Dios manda y no un gua para las canicas.

Pili se fue a pasar el fin de semana con sus amigos y comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel, y era verdad que por él caminaba. Allí se habían trasladado con la intención de compartir, entre otras cosas, el juego del Paintball, versión moderna de la honda, a la que jugaban nuestros padres a pedradas.

Como la modernidad es como es, el Paintball se juega con una especia de imitación de metralleta rellena de bolazos de pinturas varias, que no de piedras como nuestro antiguo juego de la honda, y consiste en disparar cuantas más acertadas veces mejor al oponente para llenarlo de colorines y descargar así el máximo de adrenalina posible, sustancia ésta que segrega nuestro cuerpo y a la que suele estar enganchado todo trabajador de cuello blanco.

El campo de juego es variado según el sitio al que uno se vaya a disfrutar de los bolazos de pintura. Si vas al pirineo hay mucha pedriza natural para esconderse; si vas a Asturias tienes un montón de hierba gigantesca; si te acercas a las Tablas de Daimiel te puedes esconder entre las grietecillas de lo que antaño fueron tablas de agua; y si vas al Campo de Montiel tienes alguna que otra toba escuchimizada tras la que no protegerte de nada, y unos modernos guas a imitación de las trincheras que el señor que lleva el campo de Paintball se ha dedicado durante meses a cavar a fuerza de azadazos.

Pues bien, todos los amigos de Pili y Pili, por supuesto, llegaron al campo dispuestos a resolver sus diferencias a fuerza de disparos. Allí les esperaba un señor que les iba a explicar cómo debían enfrentarse unos contra otros sin morir, o al menos mueriendo sólo de deseo. Los amigos rodeaban al señor que explicaba las reglas y la correcta puesta del uniforme, mientras Pili, en su mundo, tonteaba con las gafas llenas de sudor ajeno que había alquilado. Como no veía mucho y, mientras se recolocaba las gafas, pensaba en el arma que tenía en su mano y en si haría daño como le habían contado, se fue yendo hacia atrás poco a poco, mirando vizcamente la pistolilla. Algún amigo le avisó, pero Pili vive en Pililandia, y allí no se escuchan los consejos.

Poco apoco, el señor de las explicaciones era más y más cansino y los pasos de Pili, cortos, se acercaban más y más a una trinchera sin camuflar a cinco metros tras ella. Entonces, mientras la explicación versaba sobre la obligatoriedad de utilizar unas gafas que Pili llevaba ya medio puestas y bastante dobladas, mientras nuestra despistada amiga miraba la pistola pensando en qué clase de ingenio podía haber inventado aquello; mientras se imaginaba a sí misma como caballero andante danzando por los pueblos de Montiel y luchando contras las injusticias que le salieran al paso; mientras se veía consiguiendo los amores de un principe multicolor tras haber sido atacado a fuerza de pistolillas de bolazos de pintura; mientras intuía cómo ella, al abrazar al principe seguiría color carne puesto que ningún balazo habría alcanzado a heroína tan eficaz, metió el pie derecho en la trinchera y se dio tal guantá que la pierna izquierda adquirió formas de contorsionista, la metralleta pinturera voló hacia delante y, si hubiera estado presente algún particular Rocinante se habría destornillado de reír al igual que los amigos de Pili al ver tan enorme guacharazo.

Todos se acercaron con la intención de ayudar a Pili, que yacía en aquel gua con las gafas medio fuera de su cabeza y más en la frente que en los ojos, pero no podían hacer nada a causa de las risas por la desaparición de Pili del campo de batalla mucho antes de empezar la guerra. Y Pili, que últimamente no hace mucho deporte y está más "aterroná" que el azucarero de un diabético, no podía salir de su trinchera.

Al final, tras unos medio gritos de Pili pidiendo ayuda tras las gafas a la voz de "jooo, si es que no se veía", unas manos amigas levantaron a nuestra heroína de su trinchera y pudieron empezar la batalla en el Campo de Montiel, por donde caminaba Pili, y era verdad que por él caminaba.

jueves, 8 de enero de 2009

HoyPiliha parado un tren en marcha...


... HoyPiliha... parado un tren en marcha...

Pili hacía la maleta, en su casa, como siempre, mientras su hermano esperaba para llevarla a Alcázar a coger el tren. Con unas prisas mucho más psicológicas que reales corría de un lado a otro buscando el cargador del móvil, escaleras arriba, escaleras abajo. Cuando todo estaba listo, subió al coche con los problemas propios de quien lleva consigo una maleta más grande que sí y dos enormes mochilas bajo las axilas.

El coche, que ya parecía un tren indio, se encamina hacia la InterToTo (autovía que une la localidad de TOledo con la urbe de TOmelloso) con dirección Alcázar de San Juan. Habían salido con prisas, pero aún podía llegar sin problemas para coger el tren a Madrid.

Ahora bien, no sé si por el rollo del Ave, el alcantarillado "inundatorio" o la ilusión que les hace tener un Carrefour, al que puso las señales para llegar a la estación de tren, según se entra desde Tomelloso, se le fue la pinza bastante y no hay quien llegue a tiempo a la Renfe. Quizá es que Bódalo quiere que veamos Alcázar y los gigantescos árboles de la plaza, pero el caso es que uno acaba pasando por todos sitios, pero sin llegar nunca a la estación.

Tras diez intensos minutos de "que si llego" de "que si no llego", la estación de tren, como el final del camino de baldosas amarillas, mientras "Somewhere over the rainbow" suena esperanzada en la radio , aparece frente a los ojos de Pili, que la mira emocionada. Pronto, unas pequeñas lágrimas que anuncian las esperanzas cumplidas aparecen tímidamente en sus ojos, mezcladas ya con el sudor nervioso por llegar en punto a la Renfe, lugar donde si llegas a tiempo hay retraso, pero si llegas en punto el tren "se fue hace un par de minutos, ¿quieres un billete para dentro de doce horas?

El caso es que Pili, como una Judy Garland llegando a Oz, corría escaleras abajo con su enorme maleta y dos mochilas no sé dónde. Empujando el serijo naranja que le guarda la ropa con la rodilla derecha, y apoyándose sobre la izquierda a modo de muleta subía las siguientes escaleras para llegar a una vía que... ¡Ay, si no es esta! Sí, se había equivocado de vía.

Pili miró a la vía de enfrente, allí estaba su tren. Estuvo tentada para saltar por los raíles como un galgo y llegar así a su tan preciada meta madrileña, pero el equipaje de marquesa y la pereza de tener que saltarse el tren entero para subir por el otro lado de los vagones le quitaron la idea. Vuelve a bajar las escaleras, casi lanzando el baúl de la Piquer, se encamina por los urinarios públicos que son los pasillos distribuidores de la estación de Alcázar hacia la vía cierta y vuelve a subir las escaleras, haciendo extraños ruidos de paritorio con la garganta. Ahora empuja el remolque de ropas varias con la rodilla izquierda, pues la derecha la tiene llena de recientes cardenales y comienza a alzarse su cabeza entre las vías. Sus ojos, abiertos como los de Gollum ante la cercanía del anillo, quieren llegar al tren antes que el resto de los órganos, que están muy ocupados en trasladar el equipaje. Pero ... ¡Ay, se va...!

Pili no terminó de subir todos los peldaños. Con la boca entreabierta y humeante por el frío de diciembre, mira arrepentida cómo el tren se marcha. Su cabeza gira mirando un vagón con un asiento vacío .... su asiento.

"¡Nooo, pero por quéeeee!" fue lo que escuchó un simpático y orondo señor de bigote con gorra del XIX y banderín a juego. Este señor, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos, levantó su decimonónica baliza colorada y, de inmediato el tren exhaló ese característico grito que imitamos al echar la cabeza pa'lante, estrechar el cuello y tensar la boca buscando una "i". Pronto se escuchó ese "sssshhh" descansado de los frenos y, mientras el tren interrumpía su corta marcha, el señor de la gorra miró a Pili con ojos paternos, sonrió como sólo pueden hacerlo las buenas personas y dijo: Anda, sube al tren, feliz Navidad.