martes, 16 de diciembre de 2008

... intentado limpiar la vitrocerámica, y ha recreado las cales




HoyPiliha... intentado limpiar la vitrocerámica, y ha recreado las cales.

"Las cales", ese lugar mítico de Tomelloso en el que los jóvenes se regocijaban en sus amores, mentían en sus quereres y se sumergían en los más oscuro de sus sentimientos. Situadas al lado de "los pinos", de descripción parecida, aunque mucho más ecológica, "las cales" han sido recurso habitual de chistes fáciles adolescentes y, a partir de hoy, recurso artístico para Pili.

Cuando uno se encuentra ante una vitrocerámica pringosa, más pegada que Don Pimpón a una cama de velcro, y más chorreante que... (me reservo la comparación) tiene dos opciones: o la deja para que la limpie el que venga detrás, o la limpia él mismo. Pues bien, Pili, en un extraño comportamiento quizá inspirado por la gracia sobrenatural, tomó la segunda opción.

Pili, una artista no frustrada, un alma libre en un mundo de colores que pinta con tanta poesía y tradición como un mayo infanteño, no puede apartar el arte de cada movimiento, de cada empresa, de cada obra de diseño; y no podía, por tanto, limpiar una vitrocerámica como cualquier mortal. Tras fregar los platos y vasos, se encaminó de un paso a los hogares ya mugrientos. Enfrentada ante lo que parecía una almazara "desfondá", agarró la botella del "limpiavitrocerámicas" (comprended que con tantas visitas no hagamos publicidad gratuita de la marca), lo giró ciento ochenta grados y apretó.

Cualquiera de nosotros habríamos dejado caer el líquido sobre la virocerámica, pero Pili imaginaba la ubre de una vaca vergonzosa, y apretó con intención. De pronto, el "limpiavitrocerámicas" se escanció sobre la superficie llena de aceite como un remolque basculante derrama el mosto. El líquido pringoso formó una especie de grueso paréntesis sobre la vitro. Pili no pudo más que recordar su infancia en "las cales", los domingos después de misa, llenándose del polvo blanco, excusa de las regañinas de las madres. La cantidad derramada permitiría a los de terrazos hacer muchos baldosines, y bien podían haber "asfaltao" las calle "los carros" de Terrazos VEN con el "limpiavitrocerámicas" que había sobre la vitro.

Pili se dio media vuelta, me miró con los ojos tan abiertos como los del niño que rompe el "vidriao", y exclamó: ¡Ay yo no quería!

Sólo unos diez minutos después y cinco balletas de ocho enjuages cada una, consiguieron retirar tal cantidad de "limpiavitrocerámicas" de la superficie. El aceite, que bien era la cantidad que Gala ha podido producir en toda una vida, se mezclaba con el líquido limpiador formando una especie de pasta de color poco descriptible, pesada como el cemento y viscosa como las guachareras de Rajoy; y Pili acarreaba sin miedo los quilos de "aceiteclen", como bien se podía llamar "aquello".

Al final, la vitrocerámica está limpia, la cocina medio curiosa, y el fregadero... bueno el fregadero parece una espuerta de Torrero.

lunes, 1 de diciembre de 2008

... roto un paraguas, se ha caído y reprimido sus lloros por la vergüenza...

HoyPiliha ... roto un paraguas, se ha caído y reprimido sus lloros por la vergüenza...

Regresaba Pili a casa después de una dura jornada laboral en la que ha tenido que sufrir no pocas y habituales órdenes de cerebros animalizados. Mientras el agua caía con fuerza y el viento más que soplar escupia, Pili luchaba contra sus fuerzas titánicas.

La fuerza que hace navegar a los barcos y trabajar a los molinos hacía que el paraguas le indicara el camino a seguir, tambaleándola por calles asustadas y soledades llenas de gente, propias de urbe decadente, como todas; y haciendo que el debate entre mojarse y resistir ocupara sus pensamientos.

Pili agarraba el paraguas con las dos manos y miraba alrededor, como pensando que la ciudad era pueblo, y conocidos la miraban y reían, extrañamente ajenos al vendaval que asolaba mentes y marcaba días que, de otra forma, nunca hubieran sido relevantes para nuestras vidas.

Cuando Pili se disponía a cruzar una de esas calles tan bien pavimentadas en Ciudad Real (ciudad esta donde primero llueve pa'bajo y después pa'rriba, con los escupitajos de las baldosas al pisar), un empujon enrabietado del gélido cierzo ha lanzado su paraguas al vacío. Cualquiera se hubiera frenado, pero Pili es trabajadora, fuerte y responsable; no iba a ser ella la que dejara escapar un paraguas prestado a causa de un pequeño soplido que no venía a cuento. Pili agarró el mango con fuerza, y si el paraguas ha sido lanzado al vacío, Pili ha ido detrás.

Ha sido menos de un segundo, pero el movimiento visto en su conjunto se ha asemejado a engancharse al látigo de la feria en marcha. Ahora bien, cuando el grito enfadado del viento ha cesado, Pili seguía con el mango del paraguas en su mano; en el suelo, eso sí. Los diez segundos posteriores la ciudad ha sido más pueblo, más humana; los viandantes se han convertido en paisanos y han dejado de ser meros ciudadanos con vidas enjauladas en pisos adoctrinados por el consumo más recomendable en cada tiempo, en cada hora. Sus rostros se han vuelto humanos, han mirado, han sonreído; ¡más que eso! ¡Han reído! Y por un momento también han sentido el vendaval, sus peinados se han humanizado, sus vestidos se han tornado en colores otoñales pero vivos y han sido cómplices del extrovertido humanismo de Pili.

La muchacha se ha levantado, despacio, mirando alrededor, sonriendo con las mejillas como llenas de dulces melones de agua; se ha acercado a una papelera y, mientras se empapaba, ha arrojado con gracia lo que quedaba del paraguas prestado. Ha reprimido sus lloros por la vergüenza, pero no ha evitado la risa hermanada con el mundo que la rodea. Durante largos y hermosos instantes, el mundo ha sido más cielo, la ciudad más comunidad, los viandantes han sido paisanos y una pequeña multitud ha descansado como no habiendo desaprendido nada con la edad.