martes, 20 de enero de 2009

HoyPiliha... caído a una trinchera


HoyPiliha... caído a una trinchera...

Muchos dicen que las ocurrencias de este blog son de los que escribimos, cuando las ocurrencias no son más que de lo único que se pretende narrar: la vida de Pili.

Y la verdad es que, echando un vistazo rápido a los post del blog, uno puede pensar que todo está lleno de imaginación, de pensamientos en días de aburrimiento e, incluso, de mala leche. Pero nada más lejos de nuestra intención que narrar una vida singular, llena de alegría y de originalidad.

Pues sí, hoy Pili se ha caído a una trinchera, y os podemos asegurar que era una trinchera como Dios manda y no un gua para las canicas.

Pili se fue a pasar el fin de semana con sus amigos y comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel, y era verdad que por él caminaba. Allí se habían trasladado con la intención de compartir, entre otras cosas, el juego del Paintball, versión moderna de la honda, a la que jugaban nuestros padres a pedradas.

Como la modernidad es como es, el Paintball se juega con una especia de imitación de metralleta rellena de bolazos de pinturas varias, que no de piedras como nuestro antiguo juego de la honda, y consiste en disparar cuantas más acertadas veces mejor al oponente para llenarlo de colorines y descargar así el máximo de adrenalina posible, sustancia ésta que segrega nuestro cuerpo y a la que suele estar enganchado todo trabajador de cuello blanco.

El campo de juego es variado según el sitio al que uno se vaya a disfrutar de los bolazos de pintura. Si vas al pirineo hay mucha pedriza natural para esconderse; si vas a Asturias tienes un montón de hierba gigantesca; si te acercas a las Tablas de Daimiel te puedes esconder entre las grietecillas de lo que antaño fueron tablas de agua; y si vas al Campo de Montiel tienes alguna que otra toba escuchimizada tras la que no protegerte de nada, y unos modernos guas a imitación de las trincheras que el señor que lleva el campo de Paintball se ha dedicado durante meses a cavar a fuerza de azadazos.

Pues bien, todos los amigos de Pili y Pili, por supuesto, llegaron al campo dispuestos a resolver sus diferencias a fuerza de disparos. Allí les esperaba un señor que les iba a explicar cómo debían enfrentarse unos contra otros sin morir, o al menos mueriendo sólo de deseo. Los amigos rodeaban al señor que explicaba las reglas y la correcta puesta del uniforme, mientras Pili, en su mundo, tonteaba con las gafas llenas de sudor ajeno que había alquilado. Como no veía mucho y, mientras se recolocaba las gafas, pensaba en el arma que tenía en su mano y en si haría daño como le habían contado, se fue yendo hacia atrás poco a poco, mirando vizcamente la pistolilla. Algún amigo le avisó, pero Pili vive en Pililandia, y allí no se escuchan los consejos.

Poco apoco, el señor de las explicaciones era más y más cansino y los pasos de Pili, cortos, se acercaban más y más a una trinchera sin camuflar a cinco metros tras ella. Entonces, mientras la explicación versaba sobre la obligatoriedad de utilizar unas gafas que Pili llevaba ya medio puestas y bastante dobladas, mientras nuestra despistada amiga miraba la pistola pensando en qué clase de ingenio podía haber inventado aquello; mientras se imaginaba a sí misma como caballero andante danzando por los pueblos de Montiel y luchando contras las injusticias que le salieran al paso; mientras se veía consiguiendo los amores de un principe multicolor tras haber sido atacado a fuerza de pistolillas de bolazos de pintura; mientras intuía cómo ella, al abrazar al principe seguiría color carne puesto que ningún balazo habría alcanzado a heroína tan eficaz, metió el pie derecho en la trinchera y se dio tal guantá que la pierna izquierda adquirió formas de contorsionista, la metralleta pinturera voló hacia delante y, si hubiera estado presente algún particular Rocinante se habría destornillado de reír al igual que los amigos de Pili al ver tan enorme guacharazo.

Todos se acercaron con la intención de ayudar a Pili, que yacía en aquel gua con las gafas medio fuera de su cabeza y más en la frente que en los ojos, pero no podían hacer nada a causa de las risas por la desaparición de Pili del campo de batalla mucho antes de empezar la guerra. Y Pili, que últimamente no hace mucho deporte y está más "aterroná" que el azucarero de un diabético, no podía salir de su trinchera.

Al final, tras unos medio gritos de Pili pidiendo ayuda tras las gafas a la voz de "jooo, si es que no se veía", unas manos amigas levantaron a nuestra heroína de su trinchera y pudieron empezar la batalla en el Campo de Montiel, por donde caminaba Pili, y era verdad que por él caminaba.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Great! podría añadir que Pili me invitó a visitarla al campo de batalla sentenciando que el lugar estaba "al lado de mi pueblo". Hay que detallar que ese "al lado" significaba a 40 km en dirección no especificada.

PD: HoyPiliha: jodido un dispensador de tabaco, y girado repetidas veces en torno a su propio eje esperando que alguien la auxiliara. Hay testigos.

Anónimo dijo...

Los blogger de HoyPiliha nos comprometemos a narrar esa historia que propones. Antes, como siempre, nos informaremos.

Anónimo dijo...

y ahora que está empezando a conducir....no le pasan cosas que merezca contar?¿?¿? porque debe ser la caña, je je

Ana

Anónimo dijo...

Síiiii, no te preocupes Ana, que sus cosas le pasan . Ya os contaremos lo que le está pasando a las marchas del coche de la autoescuela.

Anónimo dijo...

Que te cuente el otro día la aventura que tuvo con el coche de mi padre.....por poco arrasa por el pueblo, je je je..

Ana

Anónimo dijo...

Esto, HoyPiliha necesita información de lo del coche cuanto antes, por el mail. Gracias.